Narradora
Amo las historias. Siempre lo he hecho. Desde que era pequeña he estado rodeada de ellas. Mi abuela paterna era una excelente narradora. Poseía el hermoso don de crear historias en un instante. Recuerdo estar sentada junto a ella escuchando un cuento nuevo que inventaba para mí antes de ir a la cama. Creo que de ahí heredé ese amor por contar historias.
Cuando era pequeña, y al ser la menor de la casa, veía a todos leer. Libros, el periódico, las recetas, las películas, las letras... Supe desde muy temprano, que las letras encerraban un saber al que yo no tenía acceso, por ello demandé mi ingreso a esa sociedad de lectores, acosando primero a mi hermano mayor, quien ya estaba en la primaria. "Dime qué dice aquí", "Léeme este cuento" y ante el sufrimiento de mi hermano, quien por temperamento y amor estaba imposibilitado a negarse, mi madre decidió que era hora de intervenir.
Compró el famoso libro de "Juguemos a leer" y comenzó mi instrucción. Fue así como de "Mi mamá me mima", "Ese oso se asea" y el famoso rorro, me pasé del mundo de iletrados a la sociedad de lectores. Entonces llegaron los libros.
Poco a poco me vi inmersa en un mar de historias, en universos fantásticos ajenos a la realidad, que si bien era agradable, a veces era también demasiado común.
Pensaba en aquellos que creaban esas historias, ¿de dónde las sacaban? ¿Cómo les llegarían?, ¿Tendrían acaso una abuela cuenta cuentos o un abuelo que recitaba "La cabeza del Rawí" en la sobremesa?
Después de leer varios libros, de imaginar cómo sería la rosa de aquel que pedía que le dibujaran un corderito y de imaginar el rebaño de elefantes, comencé a soñar.
Pasaba largas horas imaginando cosas, a veces, sentada en un columpio con los ojos cerrados, imaginaba cómo sería volar, cómo sería vivir en una casa hecha totalmente de burbujas y sobre todo, cómo me bajaría de ese columpio sin tirar mi sombrero de princesa con ese gran vestido rosa lleno de volantes vaporosos que solo yo podía ver y que en nada se parecía al short, playera y tenis que los demás veían.
Ese día llegué a casa y encontré algunas hojas. Me senté en el escritorio donde hacía la tarea y decidí que no quería olvidar esa casa hecha de burbujas y entonces, comencé a escribir. Si trato de recordarlo puedo ver algunos dibujos que hice para ese cuento y pienso en lo divertido que me parecía la posibilidad de algo como eso y la vergüenza que me provocaba que cualquier persona pudiera hallarlo y leer aquello.
Ignoro si todas las personas se juzgan tan duramente al escribir algo, pero yo escondía celosamente cada cosa que escribía para evitar que alguien pudiera leerlo. Eran míos. Estaba bien si eran solo para mí. No le hacían daño a nadie. Cabe mencionar que cerca de los nueve años comenzaba a leer a Shakespeare y a Dumas. De más está decir que consideraba basura cualquier cosa que escribiera, incluso ofensivo. Como si poseyera la capacidad de lograr que volvieran a morirse tan solo por leer esas atolondradas líneas de una niña de primaria.
Sin embargo, algo sucedió. A ciencia cierta no sé cómo fue. De pronto me vi en un grupo de niños seleccionados al que denominaron CAS. Alguien, de alguna manera, había descubierto mi terrible secreto; sí, me gustaba escribir. Y así sin darme cuenta, de la mano de una increíble maestra, me vi inmersa en ejercicios de escritura muy sencillos, que me llevarían a la creación de algunos cuentos y un intento de guión para una obra del grupo.
Fue así como la escritura se volvió mi compañera, acompañándome en momentos de cambio, de soledad, de amor y de dolor. Siempre ahí, siempre dispuesta, solidaria, atenta y respetuosa.
No me llamaría jamás escritora, creo que estoy lejos de serlo. Cuando mucho me atrevería a decir que soy una narradora de historias, una especie de juglar que disfruta de contar cuentos, de crear versos, de arrullar con su voz a alguien que ama mientras acaricia su cabeza recostada en su regazo.
Si acaso, una soñadora que se atreve a plasmar en papel un pedacito de su ser, una memoria de esa niña en el columpio quien sonreía al viento con los ojos cerrados.

En el fondo todos somos narradores de historias. Me encantó la anécdota con tu abuelo y me sentí muy identificado con la renuencia a llamarme escritor.
ResponderEliminarMuy bueno.
Tu relato me pareció muy cálido y sincero, me gusta la forma en las que describes las situaciones creando imágenes... espero leer más...
ResponderEliminarDon Trino
Me encantó tu historia, me hizo intentar recordar cómo aprendí a leer, nunca lo había hecho y he de decirte que no lo recuerdo. Para mí el momento clave sucedió hasta la preparatoria y de alguna manera me parece triste haberme tardado tanto.
ResponderEliminarYo también soy celosa de lo que escribo porque normalmente escribo lo que siento, creo que son pocas las veces que he creado cuentos y desde mi punto de vista no son los mejores.
Te agradezco enormemente el que hayas compartido tu historia con este grupo.
Abrazo
Me gusta mucho el tono en que escribes, conocer cómo inicias en esto de escribir que para muchos de nosotros comenzó igual, leyendo. Pensando en que estamos en un taller lo único que yo revisaría es el tema gramatical, cambiar algunos puntos por punto y coma o por comas, para leerlo más fluidamente.
ResponderEliminarAl final el sentimiento, para mi, es lo más importante en un texto; tanto aquel con el que se escribe como el que produce al leerlo y tu texto evoca a un momento más simple y más sereno en medio del caos que vivimos.
Gracias por compartir.
"la vergüenza que me provocaba que cualquier persona pudiera hallarlo y leer aquello." ¡Eso mismo me pasó con el cuento de los pescadores y las estrellas! Quiero pensar que algo muy íntimo había en ello. Es bonito y está bien. Luego uno crece y se da cuenta que no importa lo que escribas, siempre habrá alguien que no le guste (jajajaja) y entonces uno fluye. Creo.
ResponderEliminarSólo (soy defensora de ese acento) una observación. No sé qué es CAS. Eso lo aprendí en Taller de lectura y redacción (universidad), incluir de qué se trata. Gracias