domingo, 17 de septiembre de 2017

Actividad 1 Mi relación con la escritura.

Narradora

Amo las historias.  Siempre lo he hecho.  Desde que era pequeña he estado rodeada de ellas.  Mi abuela paterna era una excelente narradora.  Poseía el hermoso don de crear historias en un instante. Recuerdo estar sentada junto a ella escuchando un cuento nuevo que inventaba para mí antes de ir a la cama.  Creo que de ahí heredé ese amor por contar historias.

Cuando era pequeña, y al ser la menor de la casa, veía a todos leer.  Libros,  el periódico, las recetas, las películas, las letras...  Supe desde muy temprano, que las letras encerraban un saber al que yo no tenía acceso, por ello demandé mi ingreso a esa sociedad de lectores, acosando primero a mi hermano mayor, quien ya estaba en la primaria.  "Dime qué dice aquí", "Léeme este cuento" y ante el sufrimiento de mi hermano, quien por temperamento y amor estaba imposibilitado a negarse, mi madre decidió que era hora de intervenir.   
Compró el famoso libro de "Juguemos a leer" y  comenzó mi instrucción.  Fue así como de "Mi mamá me mima",  "Ese oso se asea" y el famoso rorro, me pasé del mundo de iletrados a la sociedad de lectores.  Entonces llegaron los libros.

Poco a poco me vi inmersa en un mar de historias, en universos fantásticos ajenos a la realidad, que si bien era agradable, a veces era también demasiado común.
Pensaba en aquellos que  creaban  esas historias, ¿de dónde las sacaban? ¿Cómo les llegarían?, ¿Tendrían acaso una abuela cuenta cuentos o un abuelo que recitaba "La cabeza del Rawí" en la sobremesa?

Después de leer varios libros, de imaginar cómo sería la rosa de aquel que pedía que le dibujaran un corderito y de imaginar el rebaño de elefantes, comencé a soñar.
Pasaba largas horas imaginando cosas, a veces, sentada en un columpio con los ojos cerrados, imaginaba cómo sería volar, cómo sería vivir en una casa hecha totalmente de burbujas y sobre todo, cómo me bajaría de ese columpio sin tirar mi sombrero de princesa con ese gran vestido rosa lleno de volantes vaporosos que solo yo podía ver y que en nada se parecía al short, playera y tenis que los demás veían.

Ese día llegué a casa y encontré algunas hojas.  Me senté en el escritorio donde hacía la tarea y decidí que no quería olvidar esa casa hecha de burbujas y entonces, comencé a escribir. Si trato de recordarlo puedo ver algunos dibujos que hice para ese cuento y pienso en lo divertido que  me parecía la posibilidad de algo como eso y la vergüenza que me provocaba que cualquier persona pudiera hallarlo y leer aquello.
Ignoro si todas las personas se juzgan tan duramente al escribir algo, pero yo escondía celosamente  cada cosa que escribía para evitar que alguien pudiera leerlo.   Eran míos.  Estaba bien si eran solo para mí.  No le hacían daño a nadie.  Cabe mencionar que cerca de los nueve años comenzaba a leer a Shakespeare y a Dumas.  De más está decir que consideraba basura cualquier cosa que escribiera, incluso ofensivo.  Como si poseyera la capacidad de lograr que volvieran a morirse tan solo por leer esas atolondradas líneas de una niña de primaria.

Sin embargo, algo sucedió.  A ciencia cierta no sé cómo fue.   De pronto me vi en un grupo de niños seleccionados al que denominaron CAS.  Alguien, de alguna manera, había descubierto mi terrible secreto; sí, me gustaba escribir.  Y así sin darme cuenta,  de la mano de una increíble maestra, me vi inmersa en ejercicios de escritura muy sencillos, que me llevarían a la creación de algunos cuentos y un intento de guión para una obra del grupo.  

Fue así como la escritura se volvió mi compañera, acompañándome en momentos de cambio, de soledad, de amor y de dolor.   Siempre ahí, siempre dispuesta, solidaria, atenta y respetuosa.

No me llamaría jamás escritora, creo que estoy lejos de serlo.  Cuando mucho me atrevería a decir que soy una narradora de historias, una especie de juglar que disfruta de contar cuentos, de crear versos, de arrullar con su voz a alguien que ama mientras acaricia su cabeza recostada en su regazo.

Si acaso, una soñadora que se atreve a plasmar en papel un pedacito de su ser, una memoria de esa niña en el columpio quien sonreía al viento con los ojos cerrados.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Actividad 0 Presentación y anécdota.


Verborrea

Me llamo Ana. Soy maestra de preescolar y ejercí hasta julio de este año. Me encuentro actualmente en medio de una etapa de transición profesional. Afortunada o desafortunadamente, soy una persona bastante distraída y suelo decir cualquier cosa que se me ocurra, a veces (la mayor parte del tiempo) sin pensar.

Esa forma de ser me mete en cada embrollo, por ejemplo cuando pido una promoción de algún restaurante directamente a su competencia o intento pagar con una membresía equivocada en alguna tienda y además debato con el cajero porque “claro que está vigente” a lo que el pobre tipo me responde con toda la paciencia del mundo: “no lo dudo señora, solo que es de otra tienda…” o la barbaridad que le dije a un mesero al preguntar sobre el menú y los “huevos al gusto” que prefiero no contar, pero basta saber que lo hice ruborizarse.
Una de las que más incómodas fue cuando me encontré al papá de un alumno en el supermercado y cuando me saludó cortésmente, lo presenté con una amiga diciendo: “Mira, él es papá de uno de mis hijos…” y por si fuera poco después de la tos de nervios del señor por el momento incómodo, logré apenar más a todos (incluyéndome) al intentar solucionarlo con un: “No, no, o sea, no me refiero a eso, sino que, bueno, tú sabes…” hasta que mi amiga se apiadó de mí, metiéndome un pellizco salvador para que me callara y huyera lo más pronto posible después de balbucear una torpe despedida.

Así que si en alguna ocasión hago algún comentario bobo o inapropiado, tengan misericordia de mí y acaben con mi verborrea.