domingo, 24 de junio de 2018

Act. 2 A ojo de buen cubero.


Me gusta cocinar.  Mucha gente diría que por el contexto de lo cotidiano en mi vida, no lo parece, sin embargo, si me gusta.  El problema en realidad es el tiempo.  Odio cocinar con hambre y con prisas.

Vengo de un familia de cocineras de abolengo, por decirlo de cierta manera.  Mi abuela era una diosa en la cocina.  Sabía hacer de todo desde un té de manzanilla hasta el platillo de cocina tradicional mexicana más elaborado.

Mi madre es muy buena cocinera también (debo reconocer, que es difícil superar a mi abuela) pero ella es más de cocina cotidiana.  Aunque tiene sus cartas fuertes.   Lo mejor de mi madre y mi abuela es que cocinan a ojo de buen cubero.   La única forma de aprender a cocinar con ellas era viéndolas.   No saben de medidas, tiempos (excepto la olla de presión) ni recetas. Así que crecí con conceptos tales como: “Cuando la masa se sienta así…”  “Le pones tantito (lo que sea)”, “Cuando suene así”, “Cuando huela así”, “Cuando se vea así…” por lo que me resulta imposible darle a la gente una receta también.   Nunca supe si era la práctica, si era estrategia para no compartir recetas familiares o que, pero así cocinamos las mujeres de esta familia, A ojo de buen cubero.

Uno de los platillos fuertes de mi madre son sus albóndigas.   Nunca he probado unas mejores, ni siquiera las de mi abuela.  Fue de las primeras cosas que me enseñó cocinar.

La comida, siempre ha sido el punto de encuentro de la familia.  La manera en la que nos consentían en nuestro cumpleaños, a tal grado, que cuando se acerca esa fecha, mamá no pregunta “¿Qué quieres de regalo?” sino “¿Qué quieres que te haga de comer?”.  Me acostumbré a la comida rica, elaborada, hogareña.  Por eso detesto cocinar con prisa.  Me gusta crear, me gusta picar con calma los ingredientes, oler lo que voy preparando.  Recordar a mi abuela mientras cocino y de vez en cuando llamar a mi madre para recordar el tantito de algo que se me está olvidando de la receta.

Nuestros recuerdos y anécdotas han estado acompañados de comida, de la cotidiana, de las especiales.  De los días en los que nos tocaba probar algo nuevo o cuando entraba del colegio y percibía ese delicioso aroma de tomate y chipotle que anunciaba las albóndigas de mi madre y me apresuraba a cambiarme el uniforme para poner la mesa y preparar la limonada.
O las fiestas donde hacía su pizza de masa crujiente y espagueti a la boloñesa.

Pero la estrella principal, el nirvana, es su flan.  Jamás he probado uno igual.  Mi madre no es una persona que destaque en la creación de postres, sin embargo, hace el mejor flan napolitano del mundo y siempre hace uno en mi cumpleaños.  Nunca pido pastel y la comida puede variar, pero el flan es como un abrazo, como ese cariño que cada vez mi madre que no cocina pasteles me daba.   Ese flan que me regresa a mis cumpleaños de niña, ese flan que nunca me ha salido igual que a ella.

Me gusta cocinar, me gusta disfrutar de los aromas de la comida, pero sobre todo me gusta pensar que algún día ingresaré al salón de la fama de las cocineras de la familia y haré prodigiosos platillos así, a ojo de buen cubero.

miércoles, 13 de junio de 2018

Act. 1. Lo que no soy


Una máxima que me gusta tener presente es la del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo” y ciertamente pienso que es un saber que el ser humano construye constantemente a lo largo de su vida.  A veces lo alcanza a vislumbrar parcialmente, sinceramente dudo que alguien sepa por completo lo que es o no es. Primero porque no siempre nos agrada todo lo que somos, porque nos sentimos en deuda con lo que quisiéramos ser o porque simplemente cambiamos tantas veces en este trayecto que al vernos en retrospectiva nos damos cuenta de que no nos parecemos nada, o nos parece que ese yo de hace algunos años fuera otra persona, alguien que vemos de fuera, casi como un viejo conocido.

Creo entonces que aún no podría decir quien soy o quien no soy de un modo infalible.  Solo sé que soy un ser en construcción y deconstrucción constante. Pero en esta etapa de mi vida, creo que puedo definir en parte que no soy.

No soy perfecta, pienso que ni siquiera perfectible. Y éste es uno de los descubrimientos que mas me ha costado.   Luché durante años por serlo, casi muriendo en el intento. Me cansé de tratar de serlo por tantas y tantos hasta que un día decidí ser un simple mortal, un ser humano imperfecto, tratando de ser lo que soy en este punto de mi vida.

No soy buena.  Mucha gente cree que sí, pero yo no lo considero de esta forma.  La bondad es algo demasiado grande para mí. Apenas aspiro a dañar lo menos posible, a minimizar mi paso accidentado en la vida de las personas.  Tengo tantas fallas, tantos defectos que esa etiqueta de “buena” que me han pegado, la verdad me pesa bastante.

No soy una persona fácil de llevar, soy complicada, terca, voluntariosa, necia a veces (muchas) y por ello me sorprende muchísimo la cantidad de personas que muestran afecto hacia mi.  Aún no los entiendo.

No soy de un solo amor, ni de amores a medias.   Cargo dentro de mí, muy dentro a veces, varios amores, al estilo de los fantasmas del viejo Scrooge; pasados, presentes y futuros, además de diversos tipos, pero eso sí, siempre muy intensos, intempestuosos, explosivos.  No sé amar de a poquito, echo toda la carne al asador y a veces eso no resulta bien, pero creo que si amas hay que aventarse con todo o mejor no hacerlo. Soy así, no puedo evitarlo.

No soy lo independiente que yo quisiera.   Aún me pesa la opinión de los demás sobre mí, aún intento impresionar, aún requiero de los consejos y reafirmación de otros.   Algo más en lo que sigo trabajando.

No soy un ser terminado, no me parezco a quien era hace cinco años, y no tengo ni puta idea de  cómo seré en cinco más, solo sé que no seré igual y que no tengo garantía de ser mejor o peor, solo diferente y eso me hace tener un poco de esperanza.

No cabe duda lo curioso que resulta que, en un afán de definir lo que no soy, muestre mucho de lo que sí soy.  ¿Será que que hay algo positivo en la negación?