
El lugar a dónde decides pertenecer.
Hay frases de canciones que me remontan a varias memorias sobre mi lugar, mi tierra. Si escucho la frase “mi ciudad”, como por arte de magia, suenan los acordes de la canción de Guadalupe Trigo y comienzo a cantar en mi mente “mi ciudad es chinampa en un lago escondido, es cenzontle que busca en donde hacer nido…” y entonces comienzo a recordar mi bendita infancia.
Sé que hago trampa, pues la consigna era elegir un solo sitio, aquel que considere MI ciudad. Sin embargo, soy enemiga de ver las cosas en blanco y negro y últimamente, también de las reglas. Así que como es imposible separar aquello que de origen es indivisible, hablaré de las dos ciudades de donde soy, las que me hacer ser yo.
Los mejores recuerdos de mi infancia se encuentran en la Ciudad de México. Allí se conocieron una mexicana y un salvadoreño y formaron la familia de donde provengo. Allí nací y viví mi primer infancia, la esplendorosa, la de recuerdos felices y días de parque, la de la casa de los abuelos y las primeras mascotas. La comida más rica y que más extraño, la que me trae los recuerdos de mi abuela, se encuentra ahí y siempre, siempre voy a volver; debo hacerlo.
Debo andar por el patio de la casa de mi abuela, debo ir a sus museos, debo enseñarle a mi hija cómo es una ciudad donde se corre todo el día, pero que es increíble para ir de paseo. Debo mostrarle la tierra donde nació su madre para que entienda, para que pueda saber sin duda por qué la amo tanto y debo volver de cuando en cuando.
Pero mi vida no está más ahí. A los diez años fui arrebatada de sus brazos por un sueño ajeno. Separada de mis amigos y mi familia para llegar a este lugar, a esta hermosa ciudad que ahora es mi casa. ¿Quién habría pensado que un día sería norteña? ¿cómo imaginar siquiera que pertenecería a una pequeña ciudad en crecimiento y construiría mi hogar, mi familia aquí? Mi llegada a la ciudad de Chihuahua, fue una de las etapas más duras de mi vida, quizás la mas dura. Fue necesario adaptarme a costumbres distintas, a vocablos nuevos, a un clima agreste y extremoso. Tuve que aprender a sobrevivir. En la época en la que llegué había un odio encarnecido por los habitantes de la capital que emigraron a provincia tras el sismo del 85. La escuela, que había sido el medio en el que me desarrollaba como pez en el agua, era ahora una trinchera donde diario me la jugaba. Puedo decir sin exagerar, que fue el peor año de mi vida. Pero a la vez, uno muy pleno. Nuestra familia se cohesionó tan fuertemente, nos conocimos mejor que nunca. Tuve grandes aprendizajes, de toda clase, y pude apreciar todo lo que había tenido antes y eso, a los diez años de edad, es una enseñanza que no se recibe siempre.
Después cuando me adapté, o mejor dicho, cuando Chihuahua me adoptó, pude ver muchas cosas. Conocí el cielo más hermoso y más azul que hasta ahora he contemplado, aprecié las cuatro estaciones en todo su esplendor, tal como aparecen en los libros; toda la vida que despierta en la primavera, el verano abrasador lleno de juegos y amigos que termina en lluvias, el magnífico y elegante otoño del que me enamoré perdidamente y para siempre, y el invierno frío con todo y sus copos de nieve.
Comprendí, que este es un lugar generoso, de gente que ha luchado por lo que tiene. Que ha aprendido a vivir en un clima que va desde los 44ºC en verano hasta los -12ºC en invierno. Que fue formado para sobrevivir en sequías, y que sus habitantes, desde pequeños, vieron a sus madres conservar la comida en frascos o secándola, para sobrevivir en los duros inviernos. Que se adaptaron a vivir en el desierto.
Y ahora soy de aqui. Aquí me hice adulta, aquí me enamoré. Mi familia, así como muchos de mis amigos están aquí y yo no concibo envejecer en ningún otro lado que no sea Chihuahua, quiero morir en una mecedora tomando la siesta bajo el tibio sol de una tarde de otoño. Quiero ver a mi hija aprender a amar a su tierra. Hace días ella cantaba el corrido, y la escuchaba decir mientras bailaba: “Yo soy del mero Chihuahua, del mineral del Parral y escuchen este corrido que ahora les vengo a cantar, ¡Qué bonito es Chihuahua!” y desde entonces trae la palabra y para todo dice “Chihuahua” -”¿Por qué vivimos en Chihuahua, mamá?” - me preguntó el otro día y yo le contesté: -”Porque tenemos suerte".
Sin embargo, siempre que me preguntan “¿De dónde eres?” tengo dos respuestas: la larga es “nací en la Ciudad de México pero vivo en Chihuahua” y la corta, “Soy chilanguense”. Y si, eso soy: alguien que siempre tendrá sus raíces de origen, pero fue sembrada en otra tierra, por eso pertenezco a las dos. Y por eso se me eriza la piel cuando escucho “Mi ciudad es chinampa en lago escondido” y también cuando canto “Viva Chihuahua, tierra bendita bañada de luna y de sol…”
Así que, aunque por un tiempo pensé que la canción “No soy de aqui, ni soy de allá” me representaba por completo, ahora estoy plenamente convencida que tengo dos tierras, pertenezco ambas y en ellas se formó la mujer que en este momento soy.
"CHILANGUESE" genial. Me gusta mucho la forma en que tus escritos transmiten lo que sientes y hace que uno lo sienta también.
ResponderEliminarMe encantó :3
ResponderEliminarMe gustó mucho tu relato, creo que más allá de tus letras me recordaste los imprevistos de llegar a volver a empezar en una nueva ciudad y después convertirla en propia sin dejar la anterior. Gracias =)
ResponderEliminarpor ahí se te coló un hacer en vez de un hace, pero ¿sabes? es tan linda la imagen que pintas que no lo noté hasta que releí... :)